La virtud no consiste en abstenerse del vicio, sino en no desearlo.
George Bernard Shaw
La frase “La virtud no consiste en abstenerse del vicio, sino en no desearlo” de George Bernard Shaw nos invita a reflexionar sobre la verdadera naturaleza de la virtud. Shaw, un dramaturgo y crítico social conocido por sus agudas observaciones sobre la moralidad y la sociedad, aquí establece una distinción esencial entre la represión y la verdadera virtud.
Virtud y represión
Cuando Shaw menciona que la virtud no consiste en "abstenerse del vicio", se refiere a la idea común de que una persona virtuosa es aquella que simplemente se limita a evitar comportamientos considerados incorrectos o inmorales. Este enfoque tradicional sobre la moralidad puede verse como una lucha constante contra el deseo de caer en el vicio, algo que en muchas ocasiones puede ser agotador y fuente de conflicto interno. La represión de deseos negativos no garantiza una moralidad auténtica, sino una lucha interna en la que la tentación sigue viva, aunque reprimida.
Shaw va más allá de esta visión superficial de la virtud. No se trata solo de evitar el vicio a través de la fuerza de voluntad o del autocontrol, sino de trascenderlo. La verdadera virtud, según él, es cuando ni siquiera se siente el impulso o la tentación de caer en el vicio. En otras palabras, el auténtico individuo virtuoso no es aquel que se abstiene del vicio con esfuerzo, sino aquel que ha llegado a un punto de madurez ética en el que esos vicios no tienen lugar en su sistema de valores, ni siquiera como deseos reprimidos.
Deseo y transformación interna
Shaw señala el deseo como un factor crucial en el proceso de volverse virtuoso. Una persona que aún siente el deseo por lo que considera un vicio puede abstenerse de actuar de acuerdo con ese deseo, pero no ha alcanzado un nivel pleno de virtud. Para Shaw, la virtud implica una transformación más profunda: un cambio en el corazón y la mente donde los vicios ya no son atractivos. Es como si la verdadera virtud fuera el resultado de un proceso interior de crecimiento, en el que los deseos se alinean con una moralidad más alta, de manera que ya no hay una lucha interna entre el deber y el deseo.
Este concepto recuerda al ideal estoico, en el que la sabiduría y la virtud consisten en alcanzar una serenidad interna, libre de las pasiones desordenadas. Los estoicos también abogaban por no verse afectados por las tentaciones o deseos viciosos, no mediante la represión de emociones, sino mediante la comprensión racional de que estos deseos no tienen valor real. De manera similar, Shaw parece sugerir que la virtud debe convertirse en un estado natural del ser, no una batalla constante contra la tentación.
Contexto y crítica social
Shaw fue un agudo crítico de las normas sociales y morales de su tiempo. A menudo denunciaba la hipocresía de la moralidad burguesa victoriana, que ponía gran énfasis en la apariencia externa de virtud, mientras los deseos internos de las personas permanecían intactos o incluso fortalecidos por la represión. Su frase puede leerse como una crítica a esta superficialidad: una sociedad que premia la represión externa del vicio, pero que no fomenta un crecimiento moral genuino en los individuos.
Shaw sugiere que la verdadera moralidad no es meramente cumplir con lo que se espera externamente, sino transformar los deseos internos para que los vicios dejen de ser atractivos. Esta es una visión más profunda de la virtud, que no se basa en cumplir con las reglas o normas sociales, sino en una autorregulación genuina que surge del interior.
Conclusión
En resumen, la frase de Shaw nos invita a reexaminar lo que significa ser verdaderamente virtuoso. No se trata simplemente de evitar acciones inmorales o viciosas, sino de alcanzar un estado en el que ni siquiera se desea el vicio. Esta perspectiva resalta la importancia de la transformación interna, sugiriendo que la virtud auténtica proviene de la alineación de los deseos y las acciones con un ideal moral más elevado.
George Bernard Shaw
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